La última cena

Mesa
Esa noche, la casa les había recibido helada y vacía, cansada de la farsa y la comodidad, de los amores incompletos, de los corazones grises, de las medias tintas y del agua tibia.

El tic tac del reloj era el único sonido solitario rasgando el silencio que reinaba en la sala. Allí se encontraban sentados el uno frente a la otra con la mesa de madera oscura en medio de ellos, como si se tratara de dos jugadores de ajedrez que no se arriesgaban a iniciar la partida.

Ella esperaba ansiosa que él dijera la primera frase pues desde hacía horas tenía en su cabeza media docena de respuestas listas para soltarle. Sin embargo, él no tenía la más remota intención de pronunciar palabra así que sólo se alzó de hombros ya que sabía que ese era el único gesto que ella podría interpretar como mejor le pareciera. Seguir leyendo “La última cena”

El café de la tarde – I

Estaba lloviendo y eso no era extraño, lo realmente raro era que tuviera una taza de café negro y sin azúcar en medio de sus manos. Ese brebaje oscuro jamás lograría pasar por su garganta sin hacerlo tener arcadas hasta devolver todo el contenido de su estómago.

Quizás el único motivo por el que había ordenado tal atrocidad fue porque la persona que se encontraba dos mesas más cerca de la puerta tomaba uno igual. Y cuando pensaba persona, se refería a una chica que jamás en su vida había visto pero que le recordaba indudablemente a alguien.

Alzó la taza hasta la altura de su cara y el sólo olor le provocó nauseas. Removió suavemente su contenido y lo único que agradecía era que mantenía tibias sus manos ante la tarde lluviosa. La mesera se le acercó lentamente y con voz cansina le preguntó si quería algo más pero él sólo atinó a mover negativamente su cabeza mientras pensaba que no dejaría propina.

Cuando volvió a estar solo y pudo dedicarse a contemplar la silletería vacía de la cafetería en la que se encontraba, dejó que sus ojos se movieran hasta la única otra persona del lugar. Y cuando decía persona, se refería a la misma chica que estaba tomando un café negro con el cabello castaño recogido en un moño alto y con un lunar pequeño en la base de la nuca.

Estaba leyendo un libro, eso era lo único que alcanzaba a ver, y parecía estar ahí porque lo había planeado y no porque la tormenta la había atrapado en plena calle como sí le había pasado a él.

Bajó la mirada hasta sus manos y, además de notar que su café sin tocar había comenzado a enfriarse, no dejó de extrañarse por el vacío que ahora decoraba su dedo anular. Se sentía extraño dejar de usar el anillo que no se quitó ni un solo día durante tres años hasta cuatro meses atrás cuando firmó los papeles del divorcio.

Suspiró suavemente y pensó en todas las oportunidades que tuvo para ser infiel y que dejó pasar. Quizás si se hubiese decidido en aquellos momentos a engañar a su esposa, su separación habría sido más dramática y llena de sentimientos. Incluso eso fue aburrido.

Él se quedó con el piso que compartían, ella con el Audi y, como no se quejó por aquello, todos sus amigos coincidieron en que tenía un amante. Él, que sí la conocía, sabía que la casa sólo serviría para hacer imborrables sus recuerdos de los intentos fallidos de ser feliz a su lado.

Demostrándole la poca consideración que le tenía, Kathleen le cedió sin rechistar el piso, su hipoteca y las memorias de un matrimonio frustrado que llenaban cada rincón.

Un trueno rasgó estruendosamente el cielo y él levantó la mirada: a juzgar por la inclinación de su brazo, ella acababa de terminar su bebida, luego pasó una hoja más de su libro y volvió a abstraerse en su lectura como si nada.

Quizás debía levantarse e invitarla a otro café. Igual, lo peor que podía pasarle era ser rechazado por una total desconocida con la que nunca se volvería a topar en ningún otro lugar de esa inmensa ciudad.

“¿Puedo sentarme aquí?”. Se había movido y ni siquiera había notado cuando sucedió. Ella lo miró de abajo a arriba con curiosidad, detalló un poco más de lo necesario su traje de diseñador y se alzó de hombros. A él le gustó esa respuesta porque es la única que puede ser interpretada de cualquier manera.

Dejó su taza de café, ahora helada, sobre la mesa y, sorprendiéndose hasta a sí mismo, no dijo nada más. Sólo se dedicó a mirar como caía la lluvia y golpeaba los cristales del local, mientras la tarde se confundía con la noche y perdía la noción del tiempo.

Aparentemente, lo único que le sucedía era que no quería estar solo. Todas las imágenes mentales de él con la chica de la cafetería en su apartamento habían sido, aparentemente, frutos de su aburrimiento diario.

“¿No te gusta el café?”. Se giró hasta ella que había detenido la lectura y le observaba interrogante, no burlona, sólo curiosa. Él negó con la cabeza y ella esbozó una pequeña sonrisa. Le dio la impresión que sus ojos de color miel brillaron con más fuerza. “¿No quieres hablar conmigo?”. Fue su turno ahora para alzarse de hombros. “Entiendo. Creo que malinterpreté el gesto de que te acercaras hasta aquí”.

Las mujeres y su patológica necesidad de ser escuchadas.

Ahora no recordaba que le había dicho ni tampoco ella que le respondió, sólo sabía que se llamaba Valery, que leía una novela negra y que en ese momento estaba junto a él en la sala de estar de su piso hipotecado mientras le desarmaba con la boca el nudo de su corbata.

Tenía que reconocer que el café sabía diferente si en lugar de en una taza lo saboreaba en sus labios.

Amor para dar

Cuando hay amor para dar, no importa que no haya amor por recibir.

El vacío de todo lo que se entrega se siente como un dolor sordo en el pecho, sin embargo olvidamos que ese amor siempre volverá, lo que sucede es que nunca lo hará de la forma o en el momento en el que nosotros lo esperamos.

Todo fluye, todo se mueve y todo regresa.

No existe tal cosa como el amor no correspondido. Nos hemos acostumbrado a la idea que el amor debe ser en dos vías pero eso no es así: Sale de nosotros haciéndonos felices y regresa con el mismo efecto. Siempre nos corresponde sólo que no cómo queremos.

Mientras el movimiento no se detenga, la felicidad tampoco. Mientras tengamos a quien querer ya habrá alguien que llegará a querernos.

Ese receptor de nuestro amor siempre ha de tomarlo aun cuando no de devolvérnoslo porque nunca tendremos la certeza de si ya lo dio por adelantado o habrá de entregarlo después.

Siempre y cuando haya amor para dar, habrá esperanza de amor por recibir.

Ldny

Lucas 23:34

Era un delito divino, un desafío al más poderoso, un robo al Omnipotente.

Ella pretendió robarle a uno de los suyos y lo consiguió. Su terquedad e insistencia recompensaron su esfuerzo y ahora la mandaban al infierno y, si lo pensaba demasiado, aquel era un precio demasiado alto por las migajas del amor que le dieron, sobras del banquete que tenía para Él.

Alguna vez algún estúpido le dijo que uno no elegía de quién enamorarse y eso nunca pudo comprobarlo pues amor no era un sentimiento que ella hubiese conocido hasta aquel momento y ya tampoco tendría tiempo de hacerlo.

El sudor en las manos, el nudo en la garganta y las mariposas en el estómago no habían sido más que mitos y lo seguirían siendo porque ya para ella era demasiado tarde. No era que le preocupara mucho la salvación y el Paraíso, pero le incomodaba un tanto la idea del tormento eterno. El ser humano aprecia la comodidad por encima de casi todo y ella no era la excepción.

La expresión de éxtasis absoluto en la cara de su amante era y sería todo lo que quería tener en su mente en aquel momento, cuando ya su decisión no tenía reversa y el pecado se había consumado una y otra y otra vez.

No podía explicar claramente cómo habían sucedido las cosas. Quizás ella tomó demasiado porque embriagarse siempre era una opción a la hora de escapar o tal vez no debió ir a una iglesia a pedir ayuda. Como igual iba a morir, podía decir con confianza que Dios fue su perdición. Una blasfemia más no haría la diferencia.

Siempre pensó que la confesión no era un buen método para pedir perdón, le habría gustado que existiera una vía más directa pero de esta forma sus preguntas nunca eran resueltas así que entregó sus fallas y errores en unos oídos dispuestos a escucharla y aunque le parecía tonto, al menos era más barato que un psicólogo.

Confiar nunca fue su fuerte así que le gustaba estar detrás de una ventana en la que no podían verle el rostro. Ya estaba convencida que eso no funcionaba, no había forma que lo hiciera si no estaba de verdad arrepentida pero era el único método efectivo que encontró para aliviarse, para llenar el vacío en su interior o para llenarlo temporalmente de humo, que fue lo que hizo.

No tenía ni más ni menos problemas que el promedio de la gente, tampoco su vida era la más apacible pero ver que el sol salía y se ponía todos los días sin ninguna alteración, le hizo pensar que era más fácil ponerle un punto final a todo. Ahora, cuando había retomado esta decisión, se dio cuenta que el receptor de todas sus cavilaciones siempre tuvo un defecto: Ser otra persona débil, de carne y hueso, con tantos o más defectos que ella;  y aun peor con una conciencia que creía más limpia y pura que la de los demás.

Sentados junto a una banca frente un Cristo ensangrentado, seguían su rutina semanal de hablar, escuchar y perdonar. El confesionario ya no era lo suficientemente íntimo para los dos, por lo que si estaba a su lado y sus rodillas  se rozaban un poco mientras se desahogaba de sus pecados, ella podía decir que no era necesario ir el viernes en la noche a un bar en el norte a buscar a un hombre que la llenara, literalmente.

El problema empezó cuando se le acabaron las historias, los errores, las fallas; cuando él, sin excepción, en nombre de su Padre, le perdonó todas y cada una de las cosas que había hecho, pensado o dicho. Entonces ya no era divertido. Comenzó a preparar su examen de conciencia, el dolor de sus pecados y el propósito de no volver a pecar, pero lo hacía cada noche antes de ir a verlo e imaginárselo con lujuria en medio de sus piernas, así que llego a la conclusión que aquello no funcionaría.

Su penitencia era no tenerlo así que se condenó a seguir viéndolo. A veces inventaba historias o robaba los pecados de sus amigas. Era como un teatro que cada semana tenía una función diferente.

No quería amarlo – ni tampoco pudo hacerlo – pero si quería sentirlo como hombre, arrancarle esa falsa pureza y despedazar su castidad. Quería tenerlo para ella y robárselo a Él. Y lo logró.

Tanto tiempo invertido, tantos dolores de cabeza, tanto alcohol y engaños para lograr su cometido para que al final no quedara nada pues así como los anteriores habían preferido a otras, éste lo prefirió a Él.

No sabía que había buscado al arrastrarlo al fango de su propio pecado, quizás habría sido más fácil besar los labios de un hombre pecador, dejarse desvestir por otras manos que no consagraran el cuerpo de Cristo cada domingo o dejar que la hiciera suya alguien que no sintiera la necesidad de rezar tres rosarios y un angelus cuando aun estaba en la cama, tratando de recuperar el aliento perdido.

Si lo pensaba bien, ni siquiera le gustaba tanto, o al menos de eso trataba de convencerse ahora, cuando tenía tantos meses sin verlo que comenzaba a olvidar su sonrisa. Tal vez era verdad que sólo había sido un capricho y que ya todo pasaría pero ella sabía que no sería así. Si alguien le preguntara si lo amaba, ella respondería que no, que no podría amar a alguien como amaba a Dios. En su conciencia, por cosas como esa, estaba segura que su cupo en el infierno se lo había ganado a pulso.

Pero siendo honesta, lo más parecido al sudor en las manos, el nudo en la garganta y las mariposas en el estómago lo había sentido por él.

Estuvo con muchos hombre antes y después. Vivió como quiso antes y después. Ahora moriría como quería al no poder volver a escuchar su voz que se encontraba hoy enclaustrada en algún lugar remoto pidiendo perdón a su Dios por ella. Porque se había convertido en su pecado, su perdición y su agonía. Porque el amor a Él seguía siendo más grande y ella sólo fue una prueba que no pasó.

Ahora, y sabiendo que el fin estaba tan cerca como su cuerpo del pavimento, sabía que su vida se resumía en una sola cita que él le recitó al oído cada noche pidiendo por la salvación de ambos, lo que nunca supo es que siempre fue demasiado tarde para ella.

Y Jesús decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.

Pausas activas

  1. Cierra los ojos y cuenta hasta diez que la vida no es tan mala como parece ni tan buena como quieren hacernos creer.
  2. Respira profundo y habla despacio para dar tiempo a las ideas a que se organicen antes de salir por la boca.
  3. No hagas promesas ni tampoco creas en ellas para que puedas encontrar algo de paz.
  4. Sigue tus propios consejos, esos que le das a otros gratis. No es fácil pero sí inteligente.
  5. Llora si tienes ganas de llorar, lo complicado es encontrar a alguien que quiera consolarte.

Ldny

Regresando a casa

Para volver tienes que irte primero

Se apareció frente a la puerta dejando las maletas en el suelo a pesar  que no pesaban mucho: no estaban llenas de ropa ni regalos sino de recuerdos y añoranzas y éstos eran mucho más livianos que las cosas.

Nadie se esperaba su regreso, por eso no era sorpresa que en la tarde solitaria de domingo, mientras el sol tostaba las calles sin pavimentar y la brisa levantaba la arena formado polvaredas, las únicas almas que le miraban llegar eran las tierrelitas marrones que vivían en el palo de mango que él mismo sembró con la vieja Mimi, hacía tantos años que parecían siglos.

Dio un paso hacia adelante a la vez que con sus sentidos comenzó a redescubrir el lugar. Estaba oliendo los colores, mirando los ruidos, oyendo los aromas y saboreando mil recuerdos. Así pudo saber que en esa casa, que fue suya, habían almorzado arroz de coco quemado con panela, que los pelaos dormían la siesta de la tarde, que preparaban dulce de papaya para la Semana Santa y que él no estuvo ahí durante mucho tiempo para vivir todo eso.

Dejó que su pie izquierdo avanzara para que los colores de la tarde calurosa lo envolvieran, el amarillo resplandeciente del sol lo cegara y el azul del cielo le hiciera mofa desde arriba: era un mismo infierno, tenía su camisa de paño pegada en la espalda del sudor y por su cara corrían gotas que se deslizaban veloces para realizar con destreza saltos mortales antes de morir estampadas contra el piso.

Lo había olvidado todo, el calor, el polvo, la siesta, la tarde y tal vez muchas otras cosas que iría recordando con el tiempo. Suspiró llenando de aire y valentía sus pulmones y fue entonces cuando las oyó, las vio y las sintió: melodías de colores llenaron la calle de repente y le inundaban los oídos encogiéndole el corazón. El sonido solitario de un viejo y desafinado acordeón se mecía frente a sus ojos, meneándose como señoritas con nuevo traje dominguero.

Y se inundó de sentimiento, casi ahogándose entre las olas multicolores que llenaron las calles del barrio y que venían de todas partes y de ningún lugar al mismo tiempo. Alcanzó a dar un par de brazadas y salió airoso del río de nostalgia, sin embargo, quedó empapado en las memorias del lugar del que salió siendo joven y aventurero y al que ahora volvía como todo lo que jamás pensó ser pero ahora era.

Alzó la cabeza, aun chorreando añoranza, con los oídos llenos de la música de antes y los ojos deslumbrados por el resplandor de un sol antipático que de regalo de bienvenida le ofrecía derretirlo.

Pero se giró poniéndose de cara al él y le sacó la lengua como cuando era niño. Y entonces el sol se ofendió y se metió tras la única nube del cielo, dejándolo tan sólo como al principio.

En ese momento, no tuvo más que hacer que dar otro paso hasta la casa, con el viejo acordeón aun contándole historias de los años en lo que no estuvo, arrugándole el alma y haciéndolo sentir un extranjero en su propio hogar.

Las tierrelitas volaron por entre la corriente de colores que salían de las notas del instrumento y le susurraron que se había perdido de mucho, que no vio cuando el palo echó por primera vez flores, ni probó los mangos que el primo se comió sin acordarse de él.

Y entonces sintió miedo y los tonos se fueron apagando. Notó que tal vez ya no estaba hecho para ese lugar o peor, que nunca había pertenecido a él. Se agachó y tomó sus maletas que ahora pesaban más, llenas de pena y agonía, se irguió mientras pensaba que era mejor huir mientras tuviera tiempo.

La música del viejo se calló y el sol se negaba a salir todavía porque era un testarudo de lo peor. Decidió marcharse mientras los pajaritos se perdían en el cielo menos azul y más gris, terminando por parecer manchas en la inmensidad. Y sonó el primer trueno como una guacharaca estrepitosa pero el acordeón seguía en silencio.

Se dio la vuelta cuando un centellazo partía el cielo plagado de nubes revoltosas que habían aparecido de la nada, todas negras, y que estaban robándole al aire su aroma de coco quemado.

Ahora olía a lluvia y a tierra negra mojada, esa fragancia que tanto le gustaba cuando niño y que era mejor que cualquier perfume.

Llevó su vista hacia arriba y sonrió pues caería un aguacero que inundaría las calles empolvadas y volvería barro la tierra seca. Alzó la cabeza para recibir la primera gota de que cayó del cielo y que se deslizó traviesa por su nariz preguntándole qué tal había estado el cambio de temperatura.

Él se alzó de hombros y retrocedió el paso que antes había caminado. Ahora se parecía más al lugar del cual regresaba y no le gustaba. Todo estaba gris y sin color, con un sol orgulloso y escondido que no soportaba una broma, donde la música se había vuelto muda, sin tierrelitas con las que susurrar canciones ni tampoco con mangos qué comer.

Ese lugar de donde volvió porque los olores se olían, los colores se veían y los sonidos se oían. Y es que él había descubierto que quería volver saborear la voz de la Mimi, oír los colores de la mañana caliente y oler los sabores del almuerzo.

Y aunque ahora caía una tormenta que le congelaba desde fuera, se sentía aún más frío por dentro.

Pero fue entonces cuando el ruido de la tranca que cerraba la puerta sonó con estrépito mientras la quitaban y le abrían sin necesidad de que tocara el timbre destartalado.

Los colores volvieron a salir y le pegaron en la cara como una cachetada, se enredaron a su alrededor y se rieron de él. Sintió otra vez el sonido del viejo acordeón y el corazón no se encogió más sino que se estiró hasta latir más fuerte que nunca. Las tierrelitas le saludaron volando desde dentro y pudo ver las voces de los niños despertando mientras las carcajadas llenaban la casa. Saboreó las olas saladas del mar rompiendo la costa y  eso era porque ella siempre olió a playa y a brisa marina. Y entonces, la vio: admiró su sonrisa medio desdentada, detalló su mirada arrugada y extrañó sus brazos abiertos. Se lanzó en medio de ellos sin pensarlo un segundo dejando las maletas, otra vez livianas, mojándose bajo la lluvia y un sólo grito llenó la calle:

– ¡Mijo! – y él sonrió con lágrimas saladas revueltas con lluvia dulce porque por fin había vuelto. Y el sol se dio cuenta cuando se asomó chismoso por entre las nubes y se sintió tan feliz que decidió perdonar al atrevido y los alumbró otra vez.

Pero ya ni Mijo ni Mimi lo necesitaban. El cariño los llenaba, el calor estaba dentro y los colores sonaban afuera.

 Ldny

Fracaso #3

La delatan pequeñas cosas, como el tic que tiene tocando su cabello o el leve temblor de su labio inferior sin embargo, nadie se da cuenta de nada. Ya tienen suficientes problemas como para prestar atención a un suspiro que se ahoga, un par de miradas traviesas y la mano que se pierde debajo de la falda en medio de la cena.

No hay tiempo para descubrir la travesura que comenzó con la entrada y terminó con el postre, no hay ojos que se levanten de las pantallas de los celulares para encontrar sus piernas rozando bajo la mesa.

A él le emociona la inexistente posibilidad que les descubran. A ella, el corazón le ha comenzado a doler  porque hablar de “nosotros” es difícil pero escabullir sus dedos donde no debe es fácil.

Confía en que sea la última vez que ceda, está convencida que cuando los protagonistas no quieren compartir el mismo camino, las historias acaban.

Paga su parte de la cuenta, se despide de todos los presentes que siempre estuvieron ausentes y le dedica a él un vistazo que le recuerda a ambos que su voluntad y orgullo siguen olvidados en el sótano de su casa.

Ldny